Se acerca mi no cumpleaños, aunque es otra manera de engañar al tiempo, que va contracorriente. El santo es ese día que se celebra mucho en el sur y sobre todo entre quienes tienen una fe fervorosa. Algo de esto debió tocarme y me caló de forma especial al llevar el nombre que llevo, el nombre por el que, al menos, todos me conocen. Sigue leyendo
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Hacia la Semana Santa
Sabía que se acercaba la Semana Santa. Cuando los días empezaban a ser más largos, cuando nos desprendíamos de las coreanas (o abrigos que llevábamos muchos de los niños de los ochenta), cuando salíamos a la calle y se olían las primeras flores, cuando en casa se mascaba en el ambiente que había que preparar «el viaje». Sigue leyendo
Ausencia presente
Hoy hace un año que te vi con vida por última vez. Tres días después te marchabas eternamente. Tu mirada apagada anunciaba un adiós que yo no quise entender. Te estabas consumiendo pero yo me negaba a creerlo. Eras mi padre y pensé -infantilmente- que ibas a estar ahí para siempre. Descubrí que me hice adulta el día que te fuiste. Así, de golpe.
En aquellos días me dabas la mano porque las palabras ya no te salían del cuerpo. Estabas agotado y ya solo desprendías cariño a raudales a través de unos ojos cansados. Tus manos apretaban las mías con empeño, toda tu fuerza se agolpaba en tus dedos, unos dedos entrelazados a los míos que nunca querías soltar. En las últimas horas que pasamos juntos nos comunicábamos por el tacto y por los ojos.
Se secaron las letras de tu boca. Tú, amante del verbo, mutaste al silencio, quedándote para ti toda tu sabiduría. Porque no querías despedirte. Nos faltó decirnos muchas cosas importantes. Que nos queríamos, por ejemplo. Nuestra relación fue parca en palabras, hecho extraño en ti que regalabas conversaciones a quien te acompañaba, pero había un vínculo verdadero, único, imposible de describir.
Me enseñaste a ser todo lo que soy. Nunca podré estar lo suficientemente agradecida. Desde que desapareciste te doy las gracias a diario por estar aquí, por ser muchas veces tu reflejo. Cuando regreso a tu tierra, acudo a tu tumba como una necesidad de proximidad. Elegiste que tu última morada fuera donde habías nacido, pero en realidad tú no estás allí, estás en todos sitios. Ya no puedo estrechar tu mano, pero tu sangre sigue fluyendo por mis venas. Sigues vivo en mí.
La vida comienza a los 40
La vida comienza a los 40, decía Mafalda. Llevaba media vida pensando que era joven, que le quedaba todo por vivir, creyéndose inmortal ¡qué osada!. Llegaron los 40. Con mucha prisa, convirtiendo las semanas de los veinte y las horas de los treinta en segundos. Llegaron con aire gélido como el de todos los eneros. Tiempo. Tiempo que no corría, se esfumaba a su paso. Había llegado a la meta. Tenía todo lo importante (menos una nube que le observaba muda).
Historias vividas. Infancia lejana muy dilatada. Un pasado que ocupaba la mitad de la vida, de lo que parecía otra vida. Que recordaba como largas tardes queriendo ser mayor. Como un estado congelado en golpes de memoria, evocador siempre de la felicidad. Una juventud intensa, con ansias de libertad, de amigos, de nuevos amigos, de descubrimientos, de nuevas experiencias, de búsquedas de caminos, de sueños, de intenciones.
Después llegaron los años del crecimiento, del interno. Golpe de suerte o quizás no. Cabeza y corazón en un todo. De explosión de emociones. De amor. Amor con mayúsculas, del que se siente como nunca antes y del que se pare. No podía pedir más. Ya. Eran los treinta. Ahí se quería instalar, quería atraparlo para siempre porque nunca había sido ambiciosa. Algunas desilusiones, un susto y una pérdida. Duelos que hay que pasar.
Llegaba pensando en que seguía sintiéndose joven. Que no podía creer que esto, ya, fuesen los cuarenta. Pensaba en lo que era una mujer de esta edad hace unos años. Y visualizaba a una señora. No se veía reflejada. Le parecía mentira. Pero, en realidad, sabía que si ser una señora significaba tenerlo todo claro, entonces ya lo era. Miraba al frente con ilusión. Con la plenitud de saber lo que quería. Con un destino claro, ser feliz, pese a todo. Sabiendo que ya sabe decir que no. Y que sí. Y que ya nunca aceptará renuncias innecesarias ni compromisos obligados. Siendo consciente de que, como bien decía Mafalda, la vida comienza a los 40 ¡Bienvenidos!
Una princesa de Asturias muy cercana
Sin palabras. Me quedé sin palabras cuando descubrí de primera mano la labor de esta orden. Una orden apenas conocida por la opinión pública -hasta hace tres días- porque trata de salvar vidas y proteger a los más desfavorecidos sin presumir de ello. Una entidad sin ánimo de lucro (subrayo estas cuatro últimas palabras) con una historia de quinientos años a sus espaldas, presente en los cinco continentes con más de 40.000 trabajadores que aportan, además de su profesionalidad, su buen hacer.
Pasmada. Pasmada me quedé cuando descubrí lo que han hecho en África por el ébola. Solo algunos saben que los dos sacerdotes que murieron hace un año cuando la epidemia del ébola sacudía África y nuestras vidas, gracias a la repercusión mediática que tuvieron sus muertes y posterior crisis sanitaria, pertenecían a esta orden. Muy poco se ha vuelto a hablar del tema. Ya no importa porque apenas existen casos en el primer mundo. Pero ellos siguen trabajando tenazmente por todos los que siguen padeciendo esta enfermedad en el tercero. Que también es mundo, aunque no lo creamos.
Emocionada. Emocionada me quedé cuando descubrí como tratan a los niños con necesidades especiales. A esos niños que son especiales no por su enfermedad, sino por lo maravillosos y felices que viven bajo la responsabilidad de estas personas, grandes de corazón. Una labor diaria en la que lo que más brilla es su cariño. Y lo hacen en silencio sin querer ganar ningún reconocimiento público.
Admirada. Admirada me quedé cuando descubrí el modo en el que cuidan a las personas mayores. Cómo les acompañan en la última etapa de su vida. Cómo les tienden su mano, una mano que, en muchos casos, cura solo por el tacto. Por el amor infinito que sus profesionales sanitarios y cuidadores les profesan. Unas manos y unas palabras que hacen milagros, cuando menos, en muchas de las personas que envejecen a solas.
Asombrada. Asombrada me quedé cuando descubrí cómo se financian y de dónde obtienen los recursos para poner en marcha obras sociales como comedores, albergues y economatos destinados a aquellos a los que la vida no les ha sonreído. Para esa gente que la fortuna les ha dado un revés y les ha dejado sin un techo y sin comida. Así sin más. Cualquiera podríamos estar en su pellejo.
Respeto. Consideración y respeto es lo que me causa la Orden de San Juan de Dios. Y mucha sensación de inferioridad. Me siento diminuta ante su entrega social. Creo que hay que estar hecha de otra pasta para merecer estar entre sus filas. Para darlo todo por los demás y sentirse feliz solo por ello. Solo conozco a ella, la nueva princesa de Asturias, pero es más que suficiente para asegurar que la calidad humana de esta persona es poco común entre los mortales. La sensibilidad, la humildad, la integridad, la discreción en su buen hacer y en el desarrollo de su vocación médica, el respeto y amor que prodiga hacia los demás es lo que mejor la define. Y por eso se lo merece.
Solo un deseo: Espero que este premio Princesa de Asturias a la Concordia sirva para que más personas tengan el honor de conocer vuestra labor y para que podáis seguir trabajando en tan digno proyecto. Que al menos este reconocimiento público fomente vuestra presencia y visibilidad y, por ende, impulse vuestras ilusiones.
El último viaje
Te habías ido hacía tiempo. Tu mente ya no iba al compás de tu cuerpo. Al menos seguías allí, dándome la mano, regalándome besos ligeros en el carrillo, soplidos de amor. Pero tu viejo corazón estaba cansado. Esperó para que te despidieras de tus hermanos y tu mujer y, después, se paró. Me quedé huérfana. Huérfana de decirte tantas cosas… Tenía que hacerlo. Pensé en ti y hablé contigo. Te confesé todo lo que ya sabías y nunca te había dicho. Ya no estabas sordo.
Y fui detrás de ti, de tu cuerpo. Acompañándote en tu último viaje a tu tierra. Mientras, tu espíritu me hacía guiños desde el cielo. Era de noche y llovía porque todos llorábamos tu pérdida, pero muy pronto amaneció. Y vi la luz. Tres nubarrones negros tiraban de ti, una nube serena y blanca. Tus padres y tu abuela a la que tanto querías te arrastraban con ellos. Los que te habían cuidado en tus primeros años te añoraban y te querían para ellos. Tres pequeñas nubes blancas coleaban alrededor de tu espesura. Éramos nosotros, tus hijos, convertidos en titanes diminutos, luchando sin esperanzas porque te quedarás aquí abajo, aún sabiéndonos egoístas. Encima de tu halo una nube especial, casi te daba la mano, pero se la soltabas. Mamá no podía irse aún. Te desprendías de tus apéndices, lentamente. Te marchabas con mesura.
Después salió el sol, un sol brillante pero discreto te daba la bienvenida y nos sonreía asegurándonos tu presencia. Borregos de nubes claras te acompañaban invitándote a quedarte. Y de pronto las nubes desaparecieron. Tu cuerpo llegaba a su destino. Y después de unos minutos que se hicieron eternos, los destellos solares secaron nuestras lágrimas y nos dejabas para siempre, poniendo un muro entre nuestras vidas. En ese momento un viento fresco empezó a soplar. Vi tu resoplido. Percibí tu descanso. Casi como pidiendo perdón por abandonarnos pero aliviado, al fin, de tanta cadena que te pesaba. Te había suplicado una señal y me dejaste las pistas para descubrirlas. Estaban en el cielo, en ese cielo que tanto te gustaba contemplar. En esa tierra que tanto amabas y que nos enseñaste a amar. Me dejas, pero me ha llegado tu mensaje. Sobrio, valiente. Como tú eras. Hasta el final.
Autoestima
No hay mal que por bien no venga, cuando se cierra una puerta se abre una ventana, nunca se sabe, quizás era el empujón que necesitabas… frases cargadas de buenas intenciones y, por qué no, de esperanza en un futuro desconocido y más prometedor. De la gente que te rodea, que te quiere con el corazón, y que confía en que tú vales y que esto no es más que una piedra en tu camino. Eternamente agradecida, a todos vosotros, sabéis quiénes sois. Sigue leyendo
San Valentín o el pesado de la flecha
Si no hay fecha destacada, nos la inventamos. Así funcionan las grandes marcas en connivencia con las superficies comerciales y así nos arrastran en campañas publicitarias que, aunque no queramos, nos llegan. Y es que la publicidad es eso, llegar a un público que pasea despistado entre las autopistas de Internet y que, de golpe, se encuentra con el producto porque se lo ponen al lado, delante, en un banner… En este caso, nuestros ojos se van detrás de corazones rojos, saltarines, de purpurina, con patitas, ojos y todos los aderezos cursis posibles que puedan apellidar a San Valentín. Sigue leyendo
¿Historias de otros?
Se nos acumulan las noticias del corazón, rosa o rojo, como quieran. Por un lado, de la aristocracia. La afamada «duquesa de Alba se nos ha ido» rezan algunos titulares de rotativas de nuestro país. Habría que preguntarse a quién se le ha ido, porque por muy cercana y cordial que pudiera ser, formaba parte de esa otra clase social que no está al alcance de nuestras manos, cuando menos para decir que se «nos ha ido». Sigue leyendo
Sin paños calientes
No puedo con la necedad. Respiro profundo, cuento hasta tres, resoplo y espero a que mis bufidos se queden en eso, suspiros de gesto torcido. Pero en la mayoría de los casos, mi capacidad de autocontrol se escapa a mis impulsos más innatos, aquellos que me hacen decir lo que pienso sin pensar en las repercusiones que mis arengas puedan provocar. Sigue leyendo