Palabras encadenadas

Hace algún tiempo leía uno de esos posts que me gustan de un blog al que soy asidua: Cultura Inquieta. Se titulaba algo así como «Palabras atractivas». Coincidí en algunas de ellas y al momento estaba haciendo una lista propia. A veces por su valor fonético, otras por el semántico, lo cierto es que me salió una buena cantidad. Aquí las derramo. Irán cayendo sin orden ni concierto cual chorro de agua transparente, indoloras e insaboras, algunas. Como una lluvia de plomo, otras.

Comenzamos por «efímero», que es lo bueno. Suena elegante y sabe mejor. Porque es breve. En esta misma línea, «etéreo», eso delicado que no puedes ni tocar. Porque está fuera del alcance terrenal. «Mondo» porque está desnudo y rima con lirondo. «Infinito» porque es más allá. «Efervescente» porque se escapa en forma de burbuja y pica. «Serpentina» porque sesea y además se va de fiesta. «Rugoso» porque la arruga es bella y parece que se palpa.

«Ojala» porque siempre es positiva y le pone el femenino al ojal. «Resiliencia» por lo difícil que es decirla y la superación que implica vivirla. La «elocuencia» por lo que persuade y distingue su arte de. «Inconmensurable» por lo grande que es solo decirlo. «Desenlace» porque todo lo que empieza acaba, y menos mal. «Chisporrotear» porque se parece a chistorra y se escapan las chispas. «Vehemente» porque son mentes ardientes que disparan flechas de pasión. Y «superfluo» porque lo decía mi padre y siempre está de más, por qué no.

Me gusta, no me gusta

Este post podría empezar con aquella frase adolescente que decía: me quiere, no me quiere, y a continuación deshojabas la margarita para descubrir si te quería o no tu enamorado. En esta ocasión puede que influya el azar, o quizá no; supongo que los gustos son procedentes de la genética, de la educación, o de la socialización que hemos vivido individualmente y que nos ha convertido en lo que somos, nosotros mismos. Sigue leyendo

Más años, más

En la última nochevieja me salió un desafortunado ¡Feliz mil novecientos….! y ahí me quedé. Con la boca abierta y perpleja. Pensando que el último cuarto de siglo pasado fue mi vida anterior, la que recuerdo como si fuese otra. Niñez, adolescencia y juventud resumidas en felicidad absoluta. Toda en una.

Eché la vista atrás y me encontré con esa niña rubia y delgada que hacía ballet y que disfrutaba yendo al colegio. Con esos amigos de la infancia que aún recuerdo con nombres y apellidos. Y que están presentes en todas mis evocaciones de aquellas clases con Josefina, Paloma o Peter. Me encontré en aquel patio de columpios -enorme- ante aquellos pequeños ojos. En ese universo que fue mi mundo y que quedó congelado en imágenes.

Me descubrí -en un pequeño salto- pasando al instituto. Nuevas amistades y nuevo horizonte. Cuatro años que parecieron durar más que los últimos diez. Descubrimientos, viajes, fiestas, risas… Pura diversión. Y literatura por encima de todo. Años de leer y leer y de hallar virtudes y creer en ellas.

Nuevo ciclo. La Universidad. Ilusión. Y más risas. Y más nuevos amigos. Y sumando. Y creyendo más en mí. En las posibilidades que brindaba el futuro. En todo lo que quedaba por venir. Esperanza, deseos y sueños prometedores. Después de eso veo un salto. Al abismo y sin red. Pero con mucho impulso.

Y llegó el siglo XXI. Lejos también queda. Vida y más vida en los primeros diez años. Y más sueños y proyecciones. Muchos más. Nueva andadura. Menos ligera de equipaje pero feliz. Mucho futuro. Avanzando lentamente pero segura. Madurez. Ahí llegó, creo yo. Enseñándome a aprender de las nuevas experiencias.

Después de eso, el tiempo se detiene. Mi memoria durante los últimos años me devuelve una película muda que recuerdo a trompicones y que resumen otra estadía. Como estanca. Difusa. No hay fechas tan exactas. Evoluciona constantemente, por segundos, diría yo. Y pasa. Sin apenas poder pisar el freno. Pero intentando frenar con cada decepción y con cada ilusión. La sensación es vértigo ¡Detente! Me digo.

 

Revivir la Navidad

La Navidad era despertarse por el soniquete del transistor cuya cantinela siempre acababa en pesetas. Más bien en mil peseeeeeetas. Te ponías la bata -sí, esa prenda en desuso- y deambulabas por la casa con la felicidad de saber que tenías dos semanas por delante de vacaciones. Mientras, mi madre trajinaba -como casi siempre- en la cocina. Era la presencia necesaria -a la par que invisible- para los demás.

Mi padre volvía de la compra con las viandas típicas de estas fiestas. Y después miraba si le había tocado la lotería. Y a continuación siempre decía lo mismo: hoy es el día de la salud. Después de soltar unos cuantos improperios, eso sí, por haberse gastado tanto dinero ese año para nada. Y su última frase era: el año que viene solo compro un décimo, porque si te está de tocar, te toca.

Cuando se le pasaba el sofoco decía, vámonos a la Plaza Mayor a dar un garbeo que te invito a un bocata de calamares. Y allá que íbamos. Primero a los puestos, a comprar su cotillón y alguna que otra pandereta. Eso le encantaba. Para cantar villancicos el día de Nochebuena. Sus interminables canciones encadenadas quedaron como herencia en nuestras memorias. Y luego el prometido bocata. En su mítico bar.

Acumulo golpes de escenas cotidianas de navidades trasnochadas. De cuando venían los Reyes Magos, aquellos Reyes más humildes que los de hoy, en los que siempre caía algo que hiciera falta, que era el leit motiv de mi padre. Además de algún que otro juego que no habías pedido y que no sabías por qué lo habían elegido. Eran unos reyes austeros, pero se esperaban con mucha ilusión.

Los polvorones y el turrón de almendra eran los postres favoritos de mi padre durante veinte días. Aunque en los últimos años fuesen una carrera de obstáculos para sus desgastados dientes, no se resistía. Tampoco hacías ascos a los frutos secos, sobre todo, a la boda, su preferida combinación entre el higo y la nuez. Lo bueno de los recuerdos es que vuelves a vivir el pasado. De alguna manera, revives a quien quieres.

 

 

 

El tren de la vida

La mujer rubia relataba entusiasmada cómo había sido su primer día trabajando en El Corte Inglés. La joven de la mochila le contaba a su tía que el curso se lo estaba pagando su padre. Que ella con la beca no tenía ni para vivir pero que estaba contenta. El hombre de la corbata ultimaba detalles de agenda con un compañero de trabajo.

En la siguiente parada entraron un grupo de adolescentes. Debatían sobre sus nuevos profesores y se burlaban de una compañera que había caído en gracia el primer día. Qué mala suerte -dijeron- que nos haya tocado. A su lado, unos trabajadores de las obras esperaban en silencio a llegar a su destino. Sin más. Ese era su objetivo.

Aquel día decidí coger el metro y observar. Escuchar también, por qué no. A fin de cuentas eran vidas anónimas y yo no tenía nada qué leer. Me resistía a recurrir al móvil. Así que dejé que las conversaciones se cruzaran por encima de mi cabeza. Y que sobrevolaran ese aire denso cargado de humanidad.

Mi reflexión, al bajarme, fue que extraña. Me vi a mí misma como una figurante dentro una película titulada «El tren de la vida». Me vi muda. Solo servía para hacer bulto en ese movimiento constante e impersonal. Me vi en tercera persona, como si el narrador omnipresente contara esas historias que había tomado como propias durante unos minutos.

Era un personaje más sin voz. Pero, entonces ¿quiénes eran los demás? Personajes -también- de una película que nos estaban contando. Que es la vida. Y que creemos que es la verdadera, pero que se nos escapa en cosas nimias. Que nos arrastra sin ser conscientes de que nosotros somos los protagonistas de algo tan único como nuestra propia vida ¿se darían, los demás, cuenta de lo mismo?

Quiero presente y despacito

Pues ya estamos aquí otra vez. Septiembre. Nuevo curso. Nuevo año ¿por qué los calendarios comienzan en enero? Enero no es más que la continuidad de lo que empieza ahora. Releo ahora mis propósitos del septiembre pasado y me digo ¡pero si esto lo escribí ayer! La vida que va que se las pela (expresión muy mía que le encanta a mi santo -como diría Elvira Lindo-).

Hasta hace no mucho siempre iba en quinta marcha sin mirar atrás, ni para coger aliento. Pero llevo algún tiempo que freno a menudo. Y me paro de golpe. Los veranos me sirven para eso. Para reflexionar y saborear cada momento. Para ser consciente de que la vida es un regalo. Que está pasando ahora. Y que no hay más que el presente, que no es poco. Me ha costado descubrirlo pero ahora lo disfruto mucho más.

En ese presente me miro en el espejo desde lejos. Porque desde hace tiempo -también- me gusta cada vez menos. Ahora prefiero observarme hacia dentro porque ¿para qué engañarnos? Lo de fuera se va arrugando o cayendo o agrandando. Y la verdad que -ante estas puñeteras adversidades- prefiero mirar hacia otro lado. Además de que el espejo solo me devuelve imágenes en forma de reproches me insta a cuidarme de lo lindo. Y me da pereza, lo reconozco. Al menos morena me veo favorecida, lo que durará un par de semanas.

En mi presente observo que mi retoños son cada vez más largos, que ocupan gran parte de sus camas, que les crece la nariz, les cambia el cuerpo y que mi chiquitina ya puede compartir conmigo los zapatos. Veo que les achucho y no sé por cuánto tiempo -creo que aún puedo hacerlo en público sin que me quieran asesinar con la mirada-. Y que les queda muy poco de tierna infancia. De esa ingenuidad que les brinda el misterioso ratón Pérez. Y me da muuuuucha pena. Sus cortas vidas han llegado hasta aquí en un suspiro.

Pues eso, que a pesar de que sea septiembre el mes de mirar hacia el futuro, no quiero ver más allá del ahora. A ver si esta vez se me pasa el curso más despacito, como dice la cansina canción del verano. Mi deseo para el nuevo curso es que el tiempo discurra a cámara lenta. Que no quiero rebobinar para redisfrutar, que quiero darle al play y ya.

Deberes para el nuevo curso

Dejar atrás los miedos. Desprenderme de lo que contamina y no suma. Trabajar la resiliencia. Pasar por la vida disfrutándola, viviéndola. Detenerme. Mirar con altura que no altivamente. Buscar lo auténtico que no la verdad -que no existe-. Bucear para hallar tesoros escondidos. Descubrir nuevos paisajes. Redescubrir lo añejo.

Tomar las riendas y tirar de ellas. Luchar por los sueños perdidos o aparcados en el camino. Enfrentarse al tedio si es necesario. Quedarse con el lado bueno – siempre- de las cosas. Dedicarse unos momentos de soledad -buscada-. Deleitarme con conversaciones interesantes. Ser adulta y -otras pocas veces- niña.

No navegar contra corriente. Pero tampoco sentirme arrastrada por la corriente. Mantener los principios para creerme y quererme. Cultivar la personalidad positiva. Despojarme de los prejuicios. Respetar a la diversidad. No juzgar. Ejercer la tolerancia. Aligerar los problemas -que no son-. Restar importancia a lo que no la tiene. Alejarme de las malas vibraciones.

Descuidar las obligaciones innecesarias. Apostar por los tiempos de calidad. Coser y coser. Sonreír al levantarme. No contarme las canas. Retozar más con mis retoños. Crecer con ellos. Poner a raya el mal genio. Contar hasta diez lentamente. Relajarme. Dejar volar la imaginación. Creer en el futuro. Dar gracias a la vida.

Regresar del pasado

Regreso del escenario del pasado, el de siempre, ese que tantas veces he evocado entre recuerdos y pensamientos. Y llego como si aterrizara de otro planeta, provengo de la intrahistoria. Ahora ya hay demasiados vivencias impregnadas en mi memoria y muchas presencias que habitan aquel lugar, siguen viviendo allí, entre sus gruesos muros, se les sigue percibiendo. Para mí aquella casa de aquel pueblo ya siempre será pasado. Está habitada por mis antecesores.

Si pienso en el espacio físico, anhelo de nuevo su origen. Intento visualizarlo como estaba antes de que algunos remiendos concebidos para ganar comodidad perdieran la esencia de lo auténtico. Lo de siempre allí son las casas con puertas de cuatro hojas de las que solo se abre la superior derecha, un vano desde el que voceabas si se podía entrar y que por dentro se cerraba con aldabilla. Lo de siempre eran los rollos de las casas, los techos de madera, los chineros, las cámaras, las cuadras, los corrales… y el «dorado», claro.

Si hablamos del tiempo qué decir… Allí se detiene porque no hay prisa, todo puede esperar. No pasan las horas. La vida se dilata y se estira sin mudar rutinas. No hay razón para ello. Porque algunas cosas no se pueden cambiar: cada uno limpia su puerta, no se puede salir entre siesta, hay que «arreglarse» para ir a misa, hay que guardar luto, al menos un año para dejar constancia de la pérdida, (llevar el negro por fuera, en lugar de sentirlo por dentro), hay que mantener las formas, el qué dirán sí que importa.

Un espacio y un tiempo que añoro cada vez que vuelvo, unas costumbres que doy por hecho y que asumo de manera innata en cuanto piso allí aunque no siempre crea en ellas. No hay hipocresía en esto que digo, simplemente se trata de adaptación, de respeto a la ruralidad del sur, a lo que has mamado porque así parecía lo correcto o porque Dios lo mandaba. En este punto de la vida ya no te haces estas preguntas. Ya no es importante nadar contracorriente. No hay nada que demostrar.

Lo que verdaderamente importa es lo esencial, que es invisible a los ojos -como decía el Principito- un sabio personaje con el que me quedo. Y lo esencial fue vivir allí la inocencia y partir en busca de la libertad, descubrirnos en nuestra «casilla» donde crecíamos y alimentábamos la amistad. Unas relaciones que eran, puramente, de verdad. Echo de menos aquella ilusión que nos llevaba a una felicidad eterna, sostenida, sin más.  A mis hijos, ahora, les pasa lo mismo. Y en mí surge una risilla silenciosa -entre triste y alegre- porque me veo igual que ellos, unas pocas décadas atrás.

 

Destino o decisión

La vida es eso que pasa mientras pensamos en lo que vamos a hacer mañana. Es ese río que fluye a borbotones, a veces, y pausado, otras. Que se transforma en cascadas precipitadas, de agua dulce y fresca, por momentos. Y que se estanca en remansos de quietud, otrora. Esto que arranca no es una oda a las Coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre, ya quisiera. Es solo, otra reflexión.

Había llegado hasta aquí por un lapsus de serenidad impuesta. Se detenía a pensar y se imaginaba a sí misma en un sendero rebosante de verde, por el que serpenteaba un río. Que atravesaba colinas y llanos, bosques y páramos. Había recorrido un largo camino a su paso. Le acompañaba fiel a su curso o, quizás, era al revés ¿era el río quien tenía vida propia? o, definitivamente, ¿era ella la protagonista de su historia?

Siempre había dudado de si las cosas ocurrían porque sí, como consecuencia de  un destino involuntario y caprichoso, o si, por el contrario, eran sus decisiones (a veces inocuas y otras determinantes) las que le llevaban por un camino u otro. Lo cierto es que la vida no se detenía, iba demasiado deprisa, el río tenía su ritmo y no siempre iba al mismo paso. No podía controlarlo.

Por momentos, creía que todo ocurría por el principio de causalidad. Otras veces, se veía ajena a sí misma y a su realidad, como si fuera un objeto inerte. Por eso, en ocasiones, veía pasar su vida de lejos, como en una película. Como si no fuese consciente de ella. Pero, ¿entonces de qué servía la voluntad? No llegaba a una conclusión certera.

Pensó que eso era la vida. Caminar sin certidumbres. Parar. Disfrutar de lo que su vista alcanzaba. Perderse. Y equivocarse. Y regresar sobre sus pasos. Seguir adelante. Dejar atrás la maleza. Tropezar en las mismas piedras por los mismos errores. Aprender a levantarse. Deshacerse del equipaje que le hacía daño. Y quedarse con lo necesario. Se dio cuenta, a la mitad del cauce, que era muy poco, pero muy valioso, lo que necesitaba para mirar hacia el frente. Solo confiaba en que el destino fuese generoso con ella.

Bendito aburrimiento

Cuando asoma el verano a los padres de familia de niños en edad escolar nos entran los sudores. Mucho tiempo libre para los peques y pocas vacaciones para nosotros que las estiramos como si no hubiera un mañana. Cuidadoras, campamentos, abuelos, talleres… todo nos parece poco para que el niño «esté entretenido». Ayer leía no sé dónde -esto es lo que me ocurre diariamente con twitter, que no recuerdo la fuente- un pensamiento coincidente con mi opinión, más veraz. Sigue leyendo