La mujer rubia relataba entusiasmada cómo había sido su primer día trabajando en El Corte Inglés. La joven de la mochila le contaba a su tía que el curso se lo estaba pagando su padre. Que ella con la beca no tenía ni para vivir pero que estaba contenta. El hombre de la corbata ultimaba detalles de agenda con un compañero de trabajo.
En la siguiente parada entraron un grupo de adolescentes. Debatían sobre sus nuevos profesores y se burlaban de una compañera que había caído en gracia el primer día. Qué mala suerte -dijeron- que nos haya tocado. A su lado, unos trabajadores de las obras esperaban en silencio a llegar a su destino. Sin más. Ese era su objetivo.
Aquel día decidí coger el metro y observar. Escuchar también, por qué no. A fin de cuentas eran vidas anónimas y yo no tenía nada qué leer. Me resistía a recurrir al móvil. Así que dejé que las conversaciones se cruzaran por encima de mi cabeza. Y que sobrevolaran ese aire denso cargado de humanidad.
Mi reflexión, al bajarme, fue que extraña. Me vi a mí misma como una figurante dentro una película titulada «El tren de la vida». Me vi muda. Solo servía para hacer bulto en ese movimiento constante e impersonal. Me vi en tercera persona, como si el narrador omnipresente contara esas historias que había tomado como propias durante unos minutos.
Era un personaje más sin voz. Pero, entonces ¿quiénes eran los demás? Personajes -también- de una película que nos estaban contando. Que es la vida. Y que creemos que es la verdadera, pero que se nos escapa en cosas nimias. Que nos arrastra sin ser conscientes de que nosotros somos los protagonistas de algo tan único como nuestra propia vida ¿se darían, los demás, cuenta de lo mismo?