La culpa -siempre- femenina

La culpa. Siempre la culpa. Esa imputación como consecuencia de una conducta no ejemplar. La amiga inseparable de las mujeres. Que nos convierte en responsables. Hagamos lo que hagamos. Detiene nuestra libertad. Nos hace inferiores. Y nos hunde en el pecado.

Un pecado tradicionalmente femenino cuya salvación precisa de absoluciones sociales y públicas. Para ello, ¿es necesario que hagamos un decálogo de buenas intenciones? ¿hemos de dar explicaciones de todos nuestros comportamientos? Pareciera que tuviéramos que rendir cuentas ante tribunales inquisitoriales. Aún existen. Doy fe.

No busquemos el origen del delito en nuestro sexo. Desprendámonos de complejos. De falsas omisiones. Que no perturben nuestras ideas, emociones o acciones. La culpa no es real. Es adquirida. Nos la han impregnado a fuego, pero no está en nuestro ADN. Desterremos falsos mitos. Digámosle adiós.

Y miremos hacia el patriarcado. Igual tiene algo que asumir. O más bien hechos que atribuirse. Porque en los juicios se juzgan «hechos» no conductas. Pongamos, de una vez, el acento en la agresión y sus ejecutores, en esa «manada» de animales. No en las víctimas. Que, casualmente, comparten -casi siempre- el género.