Sin paños calientes

No puedo con la necedad. Respiro profundo, cuento hasta tres, resoplo y espero a que mis bufidos se queden en eso, suspiros de gesto torcido. Pero en la mayoría de los casos, mi capacidad de autocontrol se escapa a mis impulsos más innatos, aquellos que me hacen decir lo que pienso sin pensar en las repercusiones que mis arengas puedan provocar.

Considero una cualidad ser una misma. Ser auténtica sin valorar de antemano los efectos secundarios; aunque, con los años, he intentado templar mis opiniones y razonarlas con mesura. Entendiendo por mesura moderación y nunca demostración exterior de sumisión, eso nunca. No me gusta la palabra sumisión, ni fonética ni mucho menos semánticamente. No solo no me gusta, sino que la condeno.

A veces nado contracorriente, lo percibo en quienes escuchan. No siempre te encuentras en un auditorio ad hoc, ¡voilà! Y es ahí donde me planteo ¿hay que ser comedida siempre? La prudencia y la moderación son buenas consejeras cuando hablamos de temas trascendentales, pero en los viscerales, en los humanos… no se puede. Yo no puedo.

No me gusta posicionarme ni identificarme con la esfera política que nos representa, pero cuando las acciones políticas afectan a los asuntos sociales, hay que mojarse. Y no hablo de colores, sino de hechos. Y los hechos son los hechos. Y estos provocan opiniones. Y las opiniones son libres. Y las respeto. Pero los hechos han de acarrear consecuencias.

Soy de las que pienso que hay que poner los puntos sobre las íes, decir las cosas como se sienten, actuar con justicia y dar a cada uno lo que se merece, no quedarnos con las palabras tibias. Y Teresa, la auxiliar de enfermería contagiada de ébola en Madrid, se merece un reconocimiento a su valentía. Y otros se merecen que su cargo sea deslegitimado por ignorancia, imprudencia y prepotencia.