Este post va de septiembre, ese mes que significa «de vuelta» o «empezar», más bien. Mis años naturales -creo- comienzan este mes y no el de enero. Podría haberlo titulado algo así como «Se acabó», «Noooooo», ¿Por qué?, «Depresión», «Rutina», «El ocaso» y otras múltiples formas para describir un final negro a una aventura fantástica.
Se acabaron las olas del mar, el azul intenso piscina, el ambiente seco de mi terruño, la ciudad sosegada. Se terminó el no correr, la siesta, la piel morena, la conversación pausada, la lectura sin límites, la distensión del tiempo, el mismo que se nos fuga por una rendija cuando comienza septiembre.
Es como si hubiese incorporado una pila en mi interior que se agotó cuando llegó julio y ha recuperado la energía en sesenta días. Un chip que según se va acercando septiembre me va imprimiendo el ritmo en el cuerpo y es mi cuerpo el primero que intenta zafarse de esa fuerza negativa, en una lucha por seguir viviendo sin furia.
El tiempo se diluye como el agua, se cuela entre los dedos, y queda atrás borroso, como si no hubiera existido nunca o hubiera formado parte de un sueño en el que siempre flotas y sonríes y te dejas llevar y… Solo te queda esa vaga imagen de la felicidad sin prisas. Y recuerdas cuando lo estabas viviendo, pero se esfuma sin poder agarrarlo.
Y rememoras que, cuando lo estabas viviendo, intentaste capturarlo y helar esa imagen, ese instante, pero eras consciente de que era algo efímero. Lo estrujaste y lo abrazaste porque querías quedarte con esa sensación para siempre. Pero era imposible, ¿como agarrar un pez entre los dedos?